¿Alguien recuerda la electrónica antes de que esta gente apareciera? No, ¿Verdad? Sí, había grandes nombres como Daft Punk, Justice, Digitalism y cia. Pero sólo eran eso: nombres. El género estaba muerto, la expansión del pop comió el mercado a cualquier influencia existente en los ’90 y las dejó tan moribundas que ni la nueva década, ni el nuevo siglo, ni el nuevo milenio les hicieron renacer de sus cenizas. Hacía falta un par de desfasados que rompieran los moldes y abrieran camino a los nuevos movimientos. Y así nació Crystal Castles.
En cuanto a opiniones, ocurre algo así como con Pokémon y Digimon en el colegio, hay dos bandos que son enemigos acérrimos: o bien los amas, o bien deseas la muerte por sobredosis de Alice Glass. A lo mejor exagero y soy un poco melodramático con el panorama electrónico de 2008, pero lo que nadie puede negar es que con ellos se popularizó mi tan preciado “8-bits” y que, de ahí, han empezado a salir a la espantada grupos bastante exitosos del candelabro indie.
Siendo sinceros, al LP le sobran 8 cortes. Se pueden meter el Pap Smear por el Pap-o, si quieren. Sus críticas más duras apuntaban a que eran un grupo de single, de rompepistas, que no llegaría a hacer un álbum del que recordar más de dos temas. Y con este segundo trabajo le han dado la razón a los críticos.
A pesar de todo, joyas memorables, las hay. Si pasamos por alto el inexplicable nacimiento de “Fainting Spells” (algo así como el hijo maltrecho de la afinación de una mesa de mezclas en su lecho de muerte), vienen de golpe los tres puntos fuertes del disco: Celestica, Doe Deer y Baptism. No hay forma de juntar algo que pegue menos.
Celestica, una genialidad de reverberaciones con influencias entre dance y club que rebajan la carga hardcore de la base, acompañada de modulaciones en las voces y prespuntes de sintetizadores. Doe Deer, el tema más frenético de la carrera de los torontonianos, tan rápido que a los escasos dos minutos se les acaba el fuelle y a nosotros la fuerza en las piernas para seguir bailando. Y completa el triángulo Baptism, con la inconfundible marca de la casa: gritos desgallitados y “trabamanos” sobre los jueguetitos de Ethan Kath.
Nada que comentar sobre Suffocation y Empathy, son como la soja: ni la miras cuando tienes al lado el ketchup. Y en este caso tienen tres botes de Heinz acompañándolos. Lo siento, chicos. Tal vez os vaya mejor en algún recopilatorio de rarezas.
Y, por último y aunque no está incluida en el álbum, Not In Love (con Robert Smith). Resulta injusto su éxito por las pocas posibilidades de que pueda ser interpretada en directo. No imagino ni al cabeza de grupo de The Cure junto a Alice Glass (que seguramente se encuentre rompiendo la batería o perdiéndose por su camiseta como hizo en el Dcode), ni tampoco bailando algo que pegue mínimamente con la base de este grande de la electrónica. Por Dios, ¡¿Un gótico saltando como una preadolescente?! ¿Qué será lo próximo? ¿Un chorizo en la Presidencia de la Generalitat? He dicho.



